Volamos hasta Dubrovnik la antigua “Ragusa” y tras pasar varios días en esta increíble ciudad, alquilamos una furgoneta y por la carretera Costera de Croacia, entramos en Montenegro. Nos dirigimos al Fiordo de Kotor; que tras un oscuro período socialista, se ha abierto al turismo y ofrece una serie de villas medievales y estrechos custodiados por altas montañas que se reflejan en un mar azul intenso..

Descubrir la República de Montenegro fue una experiencia inesperada. Este país de los Balcanes, escondido entre Croacia, Bosnia-Herzegovina, Serbia, Kosovo y Albania, mira de frente al mar Adriático con más de 300 km de costa, con una variedad de lugares de una belleza sorprendente.

Montenegro; ha tenido una historia convulsa durante siglos, con invasiones y guerras. Vivió bajo el dominio de los Bárbaros, Bizantinos, Romanos, Venecianos y Turcos..etc..Durante gran parte del S. XX estuvo integrado en Yugoslavia, una diversidad de países con diferentes culturas, religiones, lenguas y etnias.. El 3 de Junio de 2006 logró por fin su independencia de la órbita socialista.

Como nuestra meta era Kotor, rodeamos por la costa todo el fiordo salpicado de pequeños pueblos. Varias islas adornaban las tranquilas aguas y a lo lejos, pequeñas embarcaciones que trasladaban a los viajeros desde los pueblos ribereños.. Kotor está situado entre la montaña y el mar y rodeada por una extensa muralla que asciende en forma de arco por las laderas y cierra totalmente la ciudad..

Entramos al casco viejo por la Puerta del Mar que te introduce en un laberinto de calles empedradas, con viejos palacios venecianos y recónditas plazas que te invitan a sentarte y observar a los cientos de gatos que pululan por la ciudad.

El centro histórico es muy abarcable. Visitamos el interior de la catedral de San Trifón; la más antigua del país, de estilo Románico y reconstruida tras el terremoto de 1667. Nos llamó la atención el Cimborrio Románico, levantado sobre 4 columnas rojas , sobre el altar mayor.

Comimos en la plaza de las Armas, bajo un enorme reloj. Saboreamos algunos platos de la gastronomía Montenegrina, con claras influencias italianas y turcas. Empezamos con unos Japraci; una carne de ternera envuelta en hojas de col y el famoso Cevapi, una carne a la brasa con tiras de cebolla. De postre; probamos el Baklara, un pastel de nueces con miel..Y el obligado café turco, presente en todas las mesas del país..

La tarde la dedicamos a pasear sin prisas por la ciudad, la plaza del Reloj y nos detuvimos un rato y visitamos la Iglesia y plaza de de San Lucas.

Nos llamó la atención la cantidad de gatos que posan con naturalidad ante las cámaras de los viajeros. Nadie sabe el origen de este fenómeno, pero es curioso que exista en una plaza del centro, hasta un museo dedicado a dichos felinos..

Al atardecer, la muralla que asciende por la montaña se ilumina y hace que las iglesias y construcciones que por la ladera se escalonan brillen en la noche.

Ya en el puerto de la ciudad, paseamos hasta un alargado espigón que se adentra en el mar, nos sentamos un buen rato para observar como un enorme barco maniobraba para salir de las cercanías del puerto para aventurarse por las aguas del Fiordo y salir por el estrecho de Verige a las aguas del Adriático..

Continuamos por las riberas del fiordo; que en su conjunto se denominan las Bocas de Kotor (Boka Kotorska).

Nos acercamos a Tivat, un enclave de lujo fundado en 1889 como base naval del Imperio de los Habsburgo; que tras años de abandono durante el período socialista, renació en 2016 como puerto deportivo para lujosas embarcaciones (Porto Montenegro).

Paseamos entre grandes y vistosos veleros y yates impresionantes atracados en sus muelles..

Nos acercamos a la casa Buca, un complejo de cinco edificios de estilo renacentista del S.XVI, convertidos en galerías y con unos jardines para eventos culturales..

Al día siguiente, muy temprano recorrimos el mercado cercano a la Puerta del Mar.

Nos entretuvimos entre los diferentes puestos y compramos algunos botes de frutos secos con miel..

Decidimos subir al castillo cuanto antes, para evitar las horas más fuertes del sol..

En una calle estrecha y en una especie de cabina nos cobraron 8 € y ante nuestras preguntas sobre las características de la subida, nos indicaron con la mano, señalando hacia un pequeño gráfico de la ascensión que indicaba que había que subir.. ¡1300 escalones!.

Muy animados comenzamos nuestro camino con tranquilidad, pero sin pausa.. Casi todo el recorrido se puede hacer por los escalones o por las rampas..

Llegamos hasta la Iglesia de Nuestra Señora de la Salud; desde aquí, las vistas ya son impresionantes.. Miré hacia el castillo y aún se veía bastante lejos..

Tras varias paradas, llegamos a la Fortaleza de San Juan, que no se encuentra en muy buen estado. El origen de este impresionante bastión fue para la defensa de la ciudad ante los ataques de los Otomanos..

La panorámica que se divisa es alucinante.. Allí me senté para observar como el agua; de un azul intenso, serpenteaba entre las altas montañas hasta perderse en una gran curva en dirección hacia el Adriático.

Varios barcos y veleros surcaban las aguas y se perdían muy difuminados por el horizonte..

Me acerqué a la muralla para ver la ciudad de Kotor; abrazado por las murallas que la protegen, de los envites del mar.

Me dediqué durante un buen rato a buscar las iglesias y los lugares más emblemáticos del núcleo del centro, que se veía agazapado allá abajo, en la lejanía..

La última tarde en la ciudad, la dedicamos a recorrer la plaza de la Armada, donde se encuentra el Museo Naval, La plaza de la Harina, rodeada de los palacios de Pima y Buca.

Llegamos a la plaza de San Trifón o de la catedral, donde confluyen varias callejuelas. Es una zona de variados cafés y terrazas muy animadas, algunas con música en directo y saturadas de gente joven..

Ya al atardecer nos quedamos en la plaza del reloj (Oruzja), quizás la más animada y cosmopolita de la ciudad vieja.

Es patrimonio de la Humanidad y en ella, se encuentra el lujoso Hotel Vardar, el Palacio del Duque, el Teatro Francés, el Arsenal y la famosa Torre Barroca del Reloj, del S. XVI; bastante ladeada, como consecuencia de los distintos terremotos soportados en la ciudad..

Cenamos en una de sus apetecibles terrazas de la plaza y dimos un paseo por el centro hasta la Puerta Norte para acercarnos a las murallas.

Ahora durante la noche, las murallas se iluminan y se observa a la perfección el camino que recorrimos hasta llegar al castillo.

Paramos un buen rato en la tranquilidad de la noche, para hablar de las innumerables cualidades de la ciudad de Kotor, de la cantidad de gente joven que “pulula” por sus calles, de la comida,de sus cuidadas tiendas.. Y de sus gatos!!.. En definitiva, un lugar poco conocido, pero muy recomendado para volver..




